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La imperecedera relación entre la OTAN y Rusia

FECHA: 11/05/2021
AUTOR(es): Rommer Ytriago

Hablar de actores en el escenario internacional, es sin duda, motivo para examinar el trato que guardan la Alianza del Atlántico Norte y la Federación de Rusia, pues, desde los tiempos de la Unión Soviética, tensiones y cooperaciones, concordia y discordia son los vectores que dinamizan el cúmulo de ideas, percepciones e intereses de esta longeva relación.

La OTAN, debe su creación -después de la Segunda Guerra Mundial- al compromiso de defensa colectiva en el que un posible ataque armado contra uno de sus miembros sería considerado contra todos los aliados, lo que en consecuencia le haría tomar las acciones bélicas necesarias. Por su parte, el Estado Ruso, (antes Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) reconocería en la Organización del Atlántico sur, el brazo militar y ejecutor de los Estados Unidos.

72 años más tarde, la realidad Internacional sugiere que, aun cuando la multipolaridad defina la dinámica, las características propias del sistema siguen siendo: la anarquía, la complejidad, la heterogeneidad e interdependencia, cuestiones que parecen invariables en el tiempo; pero que en las actuales circunstancias es el carácter defensivo el que sirve de aliciente para las significativas señales que reeditan un escenario de contención, evocando a los mejores tiempos de la Guerra Fría.

Lo dicho, no supone que se esté iniciando un período bélico de baja intensidad, sino qué hay, en términos teóricos y prácticos, una suerte de realismo defensivo, en cuyas interacciones, se muestra como: “la necesidad de supervivencia hace que los Estados se preocupen de conservar lo que tienen, adoptando un rol de -posicionalistas defensivos- o -defensores del statu quo-”. (Arenal, 2015. pág. 83)[i].

Como resultado, -el panorama más inmediato de 2021-, la reclamación de Ucrania sobre Crimea, es ejemplo del escenario donde moldean y definen sus roles Organización y Estado en la esfera internacional, ello es una perfecta demostración de contención entre fuerzas que por ahora sin caer en la dinámica ofensiva, no resulta en la búsqueda de poder y destrucción del adversario.

Es bueno decir, que los Estados y sistemas de alianzas encuentran dentro de la incertidumbre -que existe en el terreno político internacional-, la cooperación, como base para la obtención de ganancias relativas, definiendo así, un status quo de superioridad donde hegemonía, primacía y dominio son materias reservadas de su poderío.

Sobre lo comentado, Esther Barbé (2003) señalaría haciendo referencia a Kenneth Waltz que esa clasificación defensiva y por lo tanto comportamiento adoptado, hace que “las potencias se sienten seguras cuando disponen de un nivel -adecuado- de poder que les permite mantener el status quo, aunque no dominen el sistema.”[ii]

Al paso de 7 décadas de haberse conformado la Alianza del Atlántico Norte y de haber sucumbido la Guerra Fría, la Unión Soviética y su propio sistema de alianzas político-militares entre los países soviéticos (conocido como Pacto de Varsovia), el mejor resultado obtenido ha sido cooperar, no porque Rusia en la década de los años 1990 y en lo sucesivo lo hubiese preferido, sino porque producto de las circunstancias geopolíticas, se ha visto en la necesidad de hacerlo.

De allí que los momentos en que ambos actores se han encontrado y reconocido conforme a sus muy variados planteamientos desde lo interno de cada uno, ha permitido asegurar la estabilidad del sistema y sus propios pesos que como actores globales por excelencia poseen, llegando al punto de establecer la participación conjunta en diversas acciones de carácter político y militar de beneficio mutuo.

Sin embargo, la década del 2000 rompería el esquema de cooperación y concordia, así como la excepcional visión en la que EEUU se pensaba en sí mismo como el hegemón mundial, los hechos del 11 de septiembre de 2001 rediseñaron un panorama de inestabilidad política a escala global que marcó el inicio de la divergencia, discordia y confrontación que llega hasta nuestros días.

La tempestad ha estado bajo los cuestionamientos exacerbados del resurgimiento ruso, sus objetivos han sido determinados dentro de las concepciones que guardan documentos internos, como el Concepto de Seguridad Nacional, el Concepto de Política Exterior y Doctrina Militar, donde se esboza sobre el plano político, ideológico y bélico, la identidad en la que se enmarcan como la tercera Roma, su papel como actor global, y gran potencia.

Tal situación sería la composición perfecta de identidades, percepciones e intereses, que le harían desafiar el sistema internacional. Por su parte, la OTAN haría lo propio con la revisión y aprobación de su Concepto Estratégico (documento marco, con las líneas generales de acción política y militar), en 1999 y luego en 2010.

No obstante, algunos hechos como las autoproclamaciones de independencia de Abjasia y Osetia del Sur en Georgia, el conflicto ucraniano que devendría en la anexión de Crimea a Rusia, las continuas ampliaciones de la Alianza Euroatlántica, la erosión del terrorismo por parte del DAESH o autodenominado Estado Islámico y la crisis en Siria -más reciente- son solo algunos de los problemas del teatro de operaciones tanto de la alianza como de Rusia, a los que tienen indisolublemente que atender a pesar de las diferencias.

En esa misma línea, José Luis Pontijas Calderón, analista de seguridad Euroatlántica en el Instituto de Estudios Estratégicos de España, ve en la OTAN camino a: “dos líneas fundamentales: una fuerte disuasión militar que, evitando la provocación y la escalada, dejase abierta la puerta para el diálogo y la distensión”. (2020, pág.7)[iii].

Con atención a ese panorama, el futuro de la alianza y Rusia, continuará siendo -por paradójico que se le considere-: el contenerse como adversarios, cooperar juntos en la dinámica de la actual estructura del Sistema Internacional, presentar discordias y asegurar la estabilidad para el diseño y arquitectura de la seguridad en Europa, a nivel global y en buena medida reencontrarse en esquemas multilaterales como lo son la reanimación del Consejo OTAN-Rusia.

Finalmente, el asunto subyace en que la existencia de uno, condiciona la del otro, de allí la indisoluble e imperecedera relación entre la OTAN y Rusia.

[i] Arenal. C.d; Sanohuja. J.A. (2015). “Teoría de las Relaciones Internacionales”. Tecnos.

[ii] Barbé, E. (2003). “Relaciones Internacionales”. Barcelona: Tecnos.

[iii] Pontijas, C. J.L. (2020). “Un nuevo concepto estratégico para la OTAN” Instituto de Estudios Estratégicos de España, [Documento en línea] Disponible en: http://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_analisis/2020/DIEEEA40_2020JOSPON_estrategiaOTAN.pdf

 

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