Luis F. Castillo H.

Profesor universitario

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Carabobo y las nuevas batallas por la independencia

FECHA: 24/06/2021
AUTOR(es): Luis F. Castillo H.

La mayor parte de los venezolanos tiene alguna referencia de la obra que engalana el techo del salón elíptico del Palacio Legislativo con sede en la ciudad de Caracas, allí reposa la majestuosa obra de Martín Tovar y Tovar, probablemente una de las piezas pictóricas criollas más impactantes de finales del siglo XIX.

Semejante pieza artística recrea una de las más épicas acciones de nuestro proceso emancipatorio, es decir, la batalla acaecida el 24 de junio de 1821 en el campo de Carabobo, en ella apreciamos la energía de los lanceros de Páez, la conducción distante del Libertador Bolívar, la valentía de la legión británica y el sacrificio de Ambrosio Plaza, Manuel Cedeño y Pedro Camejo.

La obra es colosal, como también lo fue la construcción de la independencia, sin embargo, doscientos años después de aquella gesta y apreciando las condiciones actuales del país, más allá de las celebraciones y los vítores, hoy nos queda un amargo sabor, una marcada nostalgia, una sensación de decepción e impotencia, sensaciones que no pueden ser borradas con el tosco ornato guiado por la improvisación.

Por medidas de bioseguridad, el ya gastado acto de conmemorar todas las efemérides con un desfile militar quizás en esta ocasión no sea posible.

Sin embargo,  no debemos ignorar el hecho simbólico que anida en el imaginario de muchos venezolanos, donde el hombre de uniforme, arma y camuflaje constituye el único símbolo asociado a la independencia, desde nuestros primeros pasos en la escuela, el discurso siempre ha tenido un hilo conductor “Venezuela nació en Carabobo”, haciendo alusión a que los parteros de nuestra república fueron exclusivamente los militares, indudablemente ellos constituyeron un baluarte para la independencia, no obstante, no fueron los únicos.

Desde la perspectiva de historiadores como Rogelio Altez, el principal obstáculo que presenta el estudio de la independencia es el no haberle otorgado el carácter de problema de investigación, tornándose más en una estructura mítica de recuerdos epopéyicos que se mezclan con la visión heroica que el Estado le ha otorgado. «En este sentido, la historia de la nación jamás ha podido separarse del discurso del Estado; junto a la construcción material de la nación, camina la construcción simbólica…»[i].

La historia de la emancipación venezolana se ha convertido en el brazo cultural de la política a través de los años. Los casos particulares de Antonio Guzmán Blanco y Juan Vicente Gómez son dos muestras reales de como la independencia y la historia en general pueden ser empleadas como el vínculo perfecto entre el pueblo y el seductor político, que se mimetiza entre los legendarios héroes de las gestas pretéritas, ayudado por las fastuosas celebraciones cívicas que sirven de colofón para la fusión historia-política.

La ficción también hace presencia al momento de definir el fin de la guerra de independencia. Pedro Correa es enfático: «¿y quién dijo que la batalla de Carabobo puso fin a la guerra de independencia?»[ii] Tradicionalmente la batalla de Carabobo, es descrita como el combate que selló la emancipación criolla. No obstante, el historiador, bajo un análisis y recopilación de fuentes, explica que tras la mítica batalla acontecieron 54 combates más, incluyendo la batalla naval en el lago de Maracaibo, es decir, Carabobo no fue el último de los choques entre patriotas y realistas.

Más allá de los cálculos y los combates, develar el trasfondo de la exposición de Carabobo como la batalla final, revela lo mucho que todavía tenemos por hacer en nuestra forma de estudiar la historia. Aquel enfrentamiento en el campo de Carabobo, es expuesto no sólo como el final del yugo español, sino además como la gran estrategia militar del Libertador Simón Bolívar, quien incluso es elevado más allá de la figura de José Antonio Páez, quien dirigió notablemente la caballería que otorgó la victoria a los republicanos.

Todo esto se debe en gran medida a que «La historiografía presenta un relato lineal sin cambios de rumbos, sin retrocesos y donde los hechos bélicos y los militares son los grandes protagonistas de nuestra historia. En él la gloria del Libertador no hace sino crecer; nada perturba su grandeza»[iii].

Aquella ficción construida políticamente y con el pasar del tiempo, gira en torno al evocado ejercito libertador y su conexión con la fuerza armada moderna. No obstante, los hombres de armas que logran la independencia no son herederos del ejército libertador, pues este se disolvió al separarse la República de Colombia; en todo caso derivarían del ejército gomecista, pues fue Juan Vicente Gómez quien terminó potenciando y modernizando las fuerzas castrenses venezolanas.

Precisamente, el primer centenario de la Batalla de Carabobo ocurrió mientras el país se encontraba bajo los designios de una dictadura, desde 1908 Juan Vicente Gómez había usurpado la silla presidencial de su compadre Cipriano Castro, quien también la había conseguido de forma arbitraria. Se alistaron los actos de rigor y los fríos monumentos de bronce suplían la ausencia de libertad, mientras el mandamás acentuaba su imagen de redentor nacional.

En este sentido, luego de cien años de lucha y organización política, Venezuela terminaría reposando en las manos de un único hombre, quien bajo la egida del petróleo y sus implicaciones políticas logró suprimir cualquier rasgo disidente. Tal parece es una utopía conmemorar centenarios en el marco de la plena libertad.

Por su parte, el Bicentenario de la Batalla de Carabobo, surge en medio de una de las crisis más lamentables por las que ha tenido que transitar nuestro país, una peregrinación dramática que, sin embargo, no pierde las esperanzas de encontrar luz al final del túnel, como diría el historiador Manuel Caballero: “…ninguna sociedad puede caminar siempre sobre el filo de la navaja; a menos que convierta esto en una nueva normalidad que a su vez habrá de resolver otra crisis”[iv].

Así como Carabobo no fue la última de las batallas, en la actualidad el país no enfrenta la última de las luchas por la libertad y la democracia. Por ejemplo, las universidades en ruinas continúan firmes, leales al carácter ético y moral que implica no claudicar ante la bestia, ante las sombras y la desesperación.

De la misma manera como los diferentes batallones de 1821 abrieron el espacio para realización republicana, hoy, más que fusiles esperamos la trascendencia de las ideas, del acto civil que no renuncia y que se mantiene firme como una llama inagotable, conscientes que hoy más que nunca debemos enfrentar nuevas y complejas batallas por nuestra independencia y nuestra libertad.

[i] Quintero, I. (Coordinadora). El relato invariable (independencia, mito y nación). Caracas, Alfa, 2011, p. 36.

[ii] Ibídem

[iii] Ibídem

[iv] Caballero, M. Las crisis de la Venezuela contemporánea (1903-1992). Caracas, Alfadil Ediciones, 2003, p. 21.

 

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